Miércoles 15/07/2026
FOTO: Katarina Wolnik Vera
Texto: Daniella Espidel
Irse de tu país no significa solamente estar lejos de un lugar. Significa despedirse, al menos por un tiempo, de una parte de quién eres.
Cuando migramos, no solo dejamos atrás un lugar o un paisaje. También dejamos nuestras costumbres, los olores de nuestra infancia, las comidas familiares, los lugares donde crecimos y las personas con las que construimos nuestra historia y nuestros recuerdos. Es como si, una parte de quiénes éramos, se hubiera quedado en ese lugar.
Y entonces aparece una pregunta que muchas personas que emigran conocen muy bien:
¿Cúal es mi hogar ahora?
A veces esa pregunta florece al escuchar una canción, comer un plato típico de la infancia o al celebrar una fecha importante lejos de quienes siempre estuvieron ahí. Otras veces, aparece mientras caminamos por una ciudad nueva que aunque ya conocemos, todavía no sentimos que pertenecemos a ella.
Estos momentos suelen despertar la nostalgia, la cual a veces podemos entenderla como “echar de menos”. Sin embargo, desde la psicología se define como una emoción compleja que implica un anhelo sentimental por momentos significativos del pasado, generalmente compartidos con personas importantes en nuestra vida. Es una emoción orientada hacia el pasado, profundamente vinculada a nuestra historia personal y a nuestros vínculos afectivos (Sedikides & Wildschut, 2022).
Lejos de ser únicamente tristeza, la nostalgia también puede ayudarnos a mantener un sentido de continuidad con quienes hemos sido y con las personas que siguen formando parte de nosotros, incluso en la distancia (Sedikides & Wildschut, 2022).
Cuando el hogar deja de ser un lugar
Autores han señalado que migrar implica no sólo un desplazamiento físico, sino también una profunda reconfiguración de la identidad y del sentido de pertenencia (Betancourt, 2026). Cuando dejamos nuestro país, también cambia la forma en cómo nos percibimos a nosotros mismos y la forma en que narramos nuestra propia historia. El hogar pasa de ser un espacio geográfico a ser una experiencia emocional.
Como explica Maitra (2023), el hogar no es simplemente una casa o una tierra. Es el lugar donde creamos nuestros primeros vínculos afectivos, donde aprendemos de manera implícita, cómo relacionarnos con los demás, cómo expresar nuestras emociones, qué esperamos de otras personas y cómo entendemos el mundo que nos rodea.
Nuestra cultura, nuestras costumbres y las interacciones que vivimos durante la infancia moldean silenciosamente nuestra forma de ser. Interiorizamos maneras de hablar, celebrar, demostrar cariño, de afrontar conflictos e incluso de imaginar el futuro.
Cuando migramos, muchas de esas referencias dejan de coincidir con el nuevo contexto cultural en el que estamos. Aquello que aprendimos durante años ya no siempre funciona de la misma manera. Poco a poco debemos reorganizar esas formas de relacionarnos con el mundo mientras intentamos responder una pregunta muy humana: ¿Cómo puedo sentir que pertenezco sin dejar de ser quien soy?.
La memoria y la narrativa construye identidad
La buena noticia es que nuestra identidad no desaparece cuando migramos.
Un estudio realizado con personas migrantes venezolanas muestra que, al narrar sus historias, recordar su pasado y compartir sus experiencias, las personas reconstruyen su sentido de identidad y pertenencia incluso en contextos marcados por la pérdida y el desplazamiento forzado (Miranda & Silveira, 2026).
Bajo esta perspectiva, la memoria no funciona únicamente como un lugar donde almacenamos recuerdos. Como plantea Mendoza Reyes (2019), recordar también implica reorganizar nuestra experiencia y otorgarle un nuevo significado. La memoria nos permite integrar aquello que hemos vivido para seguir construyendo nuestra identidad, incluso cuando el lugar donde comenzó nuestra historia ha quedado lejos.
Pero, además de solo recordar, cuando ponemos en palabras lo que hemos vivido y lo compartimos con los demás, dejamos de ser personas que migraron para convertirnos en protagonistas de nuestra propia historia. Es por eso que, contar y narrar nuestra historia también es una forma de construir nuestra identidad y mantener nuestro sentido de pertenencia (Miranda & Silveira, 2026).
Cada vez que contamos nuestra historia, estamos respondiendo una pregunta fundamental:
¿Quién soy ahora después de todo lo que he vivido?
En este sentido, migrar también supone elaborar un nuevo relato sobre nosotros mismos. Integrar el duelo por lo que quedó atrás, reconocer aquello que hemos perdido, pero también descubrir las fortalezas, recursos y aspectos de nuestra identidad que han aflorado precisamente gracias a la experiencia migratoria.
El cuerpo también recuerda
Hasta ahora hemos hablado de la memoria y de las historias que nos contamos para reconstruir nuestra identidad. Pero hay otra parte de nosotros que también participa en este proceso: El cuerpo.
Migrar no solo transforma nuestra manera de pensar o de narrarnos. También cambia la forma en la que nuestro cuerpo reconoce los lugares como familiares.
A veces creemos que extrañamos un país, cuando en realidad nuestro cuerpo está buscando sensaciones conocidas: el olor del café de casa, el sonido de una especie de pájaros por la mañana, el sabor de una comida preparada por alguien querido o incluso la humedad del aire antes de que llueva.
Como plantea Nikielska-Sekuła (2023), el sentido de pertenencia también se construye corporalmente. Nuestros sentidos actúan como puentes entre el pasado y el presente. Un olor, un paisaje o un sabor pueden despertar recuerdos que nos hacen sentir, aunque sea por unos instantes, que seguimos conectados con aquello que llamábamos hogar.
Sin embargo, el sentido de pertenencia no sólo ocurre mirando hacia atrás: Con el tiempo, nuestro cuerpo también empieza a reconocer nuevas referencias. Un parque por el que caminamos cada mañana, el aroma de una cafetería del barrio o una playa que nos recuerda inesperadamente a la de nuestra infancia pueden despertar esa misma sensación de familiaridad. En el estudio de Nikielska-Sekuła, varias personas migrantes describían cómo ciertos paisajes, olores o sabores encontrados en su nuevo país les hacían sentir “como en casa”, precisamente porque evocaban experiencias vividas en su lugar de origen.
En otras palabras, nuestro cuerpo no solo conserva los lugares que hemos amado; también tiene la capacidad de convertir lugares nuevos en hogar.
Un espacio para darle sentido a la experiencia
Migrar transforma muchas áreas de nuestra vida: nuestra identidad, nuestras relaciones, nuestra forma de entender el mundo e incluso la manera en la que nos relacionamos con nosotros mismos y nuestro cuerpo.
A lo largo de este proceso es natural preguntarnos dónde pertenecemos. Sin embargo, quizá la pregunta no sea únicamente “¿cuál es mi hogar ahora?“, sino también “¿cómo puedo construir un sentido de hogar allí donde estoy?“
Narrar estas experiencias, compartirlas y ponerles palabras puede ayudarnos a comprender mejor lo vivido y construir nuestra identidad. Al mismo tiempo, permitirnos crear nuevos vínculos, nuevas rutinas y nuevas experiencias también le da la oportunidad a nuestro cuerpo de encontrar seguridad y familiaridad en el presente. Ya que, como hemos visto, el sentido de pertenencia no solo se construye desde la memoria o el relato, también se construye en aquello que vivimos cada día.
En Proyecto ART creemos que no hay una única manera de vivir la migración. Cada historia merece ser escuchada desde el respeto, la curiosidad y el cuidado.
Si sientes que la distancia, la nostalgia o las preguntas sobre tu identidad forman parte de tu experiencia, podemos acompañarte en este proceso.
Referencias:
- Dos Reis Betancourt, E. (2026). In the Migrant’s Suitcase: Land and Dust …. Psychoanalytic Inquiry, 46(2), 153–159. https://doi.org/10.1080/07351690.2025.2554535
- Maitra, S. (2023). The Conflicting Innuendos of Homeland: A Sublime Study on Nostalgia. In J. Maity (Ed.), Revisiting Diaspora Spaces in India (pp. 159-168). Vernon Press.
- Mendoza Reyes, D. C. (2019). Memoria: construcción de identidad a través del relato [Trabajo de grado de pregrado, Universidad de La Salle]. Ciencia Unisalle. https://ciencia.lasalle.edu.co/filosofia_letras/672
- Miranda, U. L., & Silveira, F. J. N. da. (2026). Social memory, information, and identity in migration narratives. Em Questão, 32, e149271.
- Nikielska-Sekuła, K. (2026). Embodied transnational belonging. International Migration Review, 60(1), 204-230. https://doi.org/10.1177/01979183231222233
- Sedikides, C., & Wildschut, T. (2022). Nostalgia across cultures. Journal of Pacific Rim Psychology, 16, 18344909221091649. https://doi.org/10.1177/18344909221091649