Miércoles 29/07/2026
FOTO: Katarina Wolnik Vera
Texto: Daniella Espidel
Todos hemos sentido alguna vez un nudo en el estómago antes de una conversación importante. El corazón acelerado antes de recibir una noticia. La garganta cerrándose cuando intentamos contener el llanto. O los hombros tensos después de una semana difícil. Estas experiencias nos resultan tan familiares que rara vez nos detenemos a pensar en ellas. Sin embargo, todas tienen algo en común: nos recuerdan que las emociones no solo se piensan, también se sienten con el cuerpo.
Pero, ¿qué es realmente una emoción?
A finales del siglo XIX, el psicólogo William James propuso una idea que, aún hoy, continúa inspirando gran parte de la investigación sobre las emociones: aquello que llamamos emoción está profundamente ligado a los cambios que ocurren en nuestro cuerpo. En sus palabras, “Nuestra percepción de esos mismos cambios corporales, a medida que ocurren, ES la emoción.“ (James, 1884, como se discute en Prinz, 2004). Es decir, no solo lloramos porque estamos tristes o sentimos que el corazón se acelera porque tenemos miedo; nuestra experiencia emocional también está construida por la manera en que percibimos esos cambios corporales.
Es decir, una emoción no aparece únicamente porque nuestro corazón late más rápido o porque sentimos un nudo en el estómago. Como explica Prinz (2004), esas sensaciones adquieren significado porque nuestro cuerpo está respondiendo a algo importante para nosotros: una pérdida, una amenaza, un conflicto, una separación o una situación que afecta nuestro bienestar. En este sentido, el cuerpo no solo reacciona; también nos informa sobre cómo estamos viviendo aquello que sucede a nuestro alrededor.
En otras palabras, las emociones no son únicamente algo que sentimos “por dentro”. También dejan huellas en nuestro cuerpo y nos ofrecen información sobre nuestras necesidades, nuestros vínculos y la manera en que estamos viviendo aquello que nos ocurre. Aprender a reconocer estas señales constituye una parte importante de comprender nuestro mundo emocional.
Cuando escuchar el cuerpo no resulta tan fácil
Si las emociones también se experimentan a través del cuerpo, entonces reconocerlas implica algo más que ponerles un nombre. Implica desarrollar la capacidad de escuchar y comprender las señales que nuestro propio cuerpo nos envía.
Sin embargo, esta capacidad no siempre resulta sencilla. Hay momentos en los que sabemos que “algo no va bien”, pero no conseguimos identificar exactamente qué sentimos. Otras veces solo notamos el cansancio, la tensión muscular, molestias digestivas o una sensación constante de inquietud, sin comprender del todo qué emoción hay detrás.
¿Por qué ocurre esto?
Parte de la respuesta puede encontrarse en una capacidad conocida como interocepción, que hace referencia a la habilidad para percibir e interpretar las señales internas del cuerpo, como el ritmo cardíaco, la respiración, el hambre o la tensión muscular. Estas sensaciones no son simples cambios fisiológicos; constituyen una fuente importante de información sobre nuestro estado emocional (Bastoni et al., 2024).
Cuando nos cuesta conectar con estas señales, también puede resultar más difícil identificar aquello que estamos sintiendo. De hecho, la investigación ha encontrado que las personas que presentan mayores dificultades para reconocer y describir sus emociones, un fenómeno conocido como alexitimia, suelen mostrar también una menor conciencia de las señales corporales y mayores dificultades para regular sus emociones (Bastoni et al., 2024).
Esto no significa que debamos interpretar cada sensación física como una emoción o que exista una única forma “correcta” de escuchar el cuerpo. Más bien nos recuerda que aprender a prestar atención, con curiosidad y sin juicio, a aquello que ocurre en nuestro interior puede ayudarnos a comprender mejor nuestra experiencia emocional.
El cuerpo que comunica
Hasta ahora hemos hablado de cómo el cuerpo nos ayuda a experimentar nuestras emociones. Sin embargo, las emociones no cumplen únicamente una función interna; también cumplen una importante función social.
Desde que nacemos, antes incluso de aprender a hablar, nuestro cuerpo ya expresa aquello que sentimos. Un bebé no puede decir que tiene miedo, que necesita consuelo o que se siente frustrado. Lo comunica a través de su llanto, de la tensión de su cuerpo, de su expresión facial o de la manera en la que busca el contacto con quien lo cuida.
Del mismo modo, los adultos también comunicamos constantemente nuestro mundo emocional. Nuestra postura, nuestra mirada, la velocidad con la que hablamos, nuestra respiración o incluso nuestros silencios ofrecen información sobre cómo nos sentimos. En muchas ocasiones, nuestro cuerpo expresa aquello que todavía no hemos conseguido poner en palabras (Reed et al., 2020).
Las investigaciones muestran que las personas somos extraordinariamente sensibles a estas señales corporales. De hecho, cuando observamos el cuerpo de otra persona somos capaces de reconocer muchas de sus emociones incluso sin escuchar una sola palabra (Reed et al., 2020).
Comprender las emociones ocurre en relación con otros
Sin embargo, expresar una emoción es solo una parte del proceso. Las emociones no solo necesitan ser expresadas; también necesitan ser reconocidas y comprendidas.
Desde los primeros años de vida, aprendemos a comprender nuestro mundo emocional gracias a la manera en que las personas que nos cuidan responden a nuestras expresiones. Cuando un adulto reconoce el miedo de un niño, pone palabras a su tristeza o responde con calma a su enfado, no solo está ofreciendo consuelo; también le está ayudando a organizar y comprender esa experiencia emocional (Fonagy et al., 2018).
Poco a poco, esas experiencias se convierten en la base sobre la que aprendemos a reconocer nuestras propias emociones y a regularlas. En cierto modo, empezamos a comprendernos porque, antes, alguien fue capaz de comprendernos.
Incluso en la vida adulta este proceso continúa. Cuando alguien escucha nuestra experiencia con curiosidad, valida aquello que sentimos o nos ayuda a poner palabras a emociones que todavía resultan confusas, también favorece que podamos comprendernos mejor a nosotros mismos (Bateman & Fonagy, 2019).
Podemos decir entonces que, las emociones nacen en el cuerpo, pero encuentran significado dentro de los vínculos.
Un espacio para escuchar aquello que el cuerpo intenta decir
Vivimos en una cultura que con frecuencia nos enseña a observar el cuerpo desde cómo se ve, cómo funciona o cómo debería ser. Sin embargo, pocas veces aprendemos a preguntarnos qué está intentando comunicarnos.
A lo largo de este blog hemos visto que las emociones no solo ocurren en nuestra mente. También se sienten en el cuerpo, se expresan a través de él y encuentran significado gracias a los vínculos que construimos con otras personas.
Quizá, entonces, la pregunta no sea únicamente “¿qué estoy sintiendo?“, sino también “¿qué intenta decirme mi cuerpo sobre lo que estoy viviendo?“
Responder a esa pregunta con curiosidad, en lugar de hacerlo desde el juicio o la exigencia, puede ayudarnos a desarrollar una relación más amable con nosotros mismos. Porque escuchar el cuerpo no significa interpretar cada sensación física como un problema psicológico; significa reconocer que nuestras experiencias emocionales también tienen una dimensión corporal y relacional.
En Proyecto ART creemos que comprender nuestras emociones comienza por desarrollar una relación más curiosa y compasiva con nosotros mismos. Cuando aprendemos a escuchar aquello que nuestro cuerpo intenta decirnos y encontramos espacios donde esa experiencia puede ser comprendida, también empezamos a construir una forma más integrada de entender quiénes somos.
Referencias:
- Bastoni, I., Guerrini Usubini, A., Gobetti, M., Sanna, M., Pagnoncelli, G., Uboldi, L., … & Mendolicchio, L. (2023). Let the body talk: preliminary data of an open trial of dance movement therapy for eating disorders. Journal of Clinical Medicine, 13(1), 5. https://doi.org/10.3390/ jcm13010005
- Bateman, A. W., & Fonagy, P. (Eds.). (2019). Handbook of mentalizing in mental health practice. American Psychiatric Pub.
- Fonagy, P., Gergely, G., & Jurist, E. L. (2018). Affect regulation, mentalization and the development of the self. Routledge.
- James, William (1884): What is an emotion?, in: Mind 9, S. 188-205.
- Prinz, J. (2004). Embodied emotions. Thinking about feeling: Contemporary philosophers on emotions, 44-58.
- Reed, C. L., Moody, E. J., Mgrublian, K., Assaad, S., Schey, A., & McIntosh, D. N. (2020). Body matters in emotion: restricted body movement and posture affect expression and recognition of status-related emotions. Frontiers in Psychology, 11, 1961. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.01961