Miércoles 4/03/2026
FOTO: Katarina Wolnik Vera
Texto: Txabi Anastasio, Irina Callau, Toni Galindo y Camila Villalta
Migrar no es solo cambiar de país. Es cambiar de lengua, de códigos sociales, de horarios, de sabores y de formas de entender el cuerpo. En los últimos años, distintos estudios han señalado que los procesos migratorios pueden influir en la aparición o el mantenimiento de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), especialmente cuando se combinan con estrés, presión por encajar y sensación de no pertenecer (Song et al., 2023).
Al mismo tiempo, la investigación también muestra que migrar no es, por sí mismo, un factor de riesgo. El impacto depende de cómo se viva la experiencia, del apoyo disponible y de las oportunidades reales de integración.
Del “esto es lo que siempre he comido” al “aquí se come así”
La comida no es solo nutrición: es cultura, recuerdo y vínculo. Cuando una persona migra, puede perder alimentos familiares, rituales compartidos y referencias claras sobre qué, cómo y cuándo comer. A veces, adaptarse implica intentar “comer como aquí” para sentirse parte del nuevo entorno.
La literatura reciente describe algunos procesos que pueden influir en la relación con la comida en contextos migratorios (Henning et al., 2025; Kalantzis et al., 2023):
- Estrés por adaptación cultural: adaptarse a nuevas normas sociales puede generar tensión constante. En algunas personas, esa tensión se canaliza a través del control del cuerpo o de la alimentación.
- Presión por nuevos ideales corporales: en el país de acogida pueden predominar estándares físicos distintos a los del lugar de origen. La exposición continua a estos modelos puede aumentar la insatisfacción corporal (Quiñones et al., 2022).
- Sensación de estar “entre dos mundos”: cuando los valores familiares y los del entorno chocan, la identidad puede sentirse fragmentada. Esa sensación de no encajar del todo en ningún lado puede aumentar el malestar emocional.
- Dificultades para pedir ayuda: expresar emociones complejas en un idioma que no es el propio puede resultar muy difícil. Esto puede retrasar la búsqueda de apoyo profesional o hacer que el malestar pase desapercibido (Alegría et al., 2017).
En conjunto, los estudios subrayan que no es la migración en sí la que explica el riesgo, sino la combinación de estrés, presión social, discriminación y falta de recursos adaptados culturalmente (Henning et al., 2025).
Sobrecarga de contenido de salud y salud mental
La investigación reciente también apunta a que la abundancia de contenidos de salud puede generar confusión, ansiedad y dificultades para discriminar información fiable, especialmente cuando se mezclan mensajes contradictorios o alarmistas. El informe del Surgeon General de EE. UU. sobre redes sociales y salud mental juvenil destaca que la exposición masiva a contenido sobre salud, cuerpo e imagen puede aumentar la presión y el malestar, a la vez que ofrece espacios de apoyo y psicoeducación cuando el contenido es de calidad.
En este contexto, el problema no es recibir información, sino hacerlo sin filtros ni criterio crítico, y sin un acompañamiento que ayude a integrar esos mensajes en la propia experiencia.
Cuerpo, identidad y pertenencia
La adolescencia y la adultez joven son etapas clave para construir identidad. Cuando este proceso ocurre en un contexto migratorio, la tarea puede ser más compleja: se negocian costumbres familiares, normas sociales nuevas y diferentes formas de entender el cuerpo y la comida.
Algunas investigaciones recientes señalan que mantener aspectos de la cultura de origen mientras se integran elementos del nuevo contexto (lo que se conoce como integración bicultural) se asocia con mayor bienestar psicológico que intentar borrar la cultura previa o sentirse desconectado de ambas (Kalantzis et al., 2023; Song et al., 2023).
También se ha observado que la discriminación percibida y la presión por “encajar” pueden aumentar la vulnerabilidad emocional, lo que a su vez puede influir en la relación con la comida y el cuerpo (Quiñones et al., 2022).
En este sentido, “comer en otro idioma” no es solo traducir palabras. Es aprender nuevas reglas sobre qué cuerpos son aceptados, qué alimentos son valorados y qué hábitos son normales. Cuando esta adaptación se vive con soledad o autoexigencia extrema, la comida puede convertirse en un espacio donde expresar el conflicto interno.
Pautas para una relación más segura en contextos migratorios
La evidencia reciente no propone ver la migración como un problema, sino como un contexto que puede requerir apoyos específicos (Henning et al., 2025). Algunas orientaciones que se desprenden de la investigación son:
- Favorecer espacios culturalmente sensibles: los profesionales de salud mental deberían tener en cuenta el contexto cultural, las prácticas alimentarias tradicionales y el idioma de la persona para ofrecer una atención más ajustada (Alegría et al., 2017).
- Reforzar redes de apoyo: mantener vínculos con la comunidad de origen y crear nuevas redes en el país de acogida puede actuar como factor protector frente al aislamiento (Rodgers et al., 2023).
- Hablar abiertamente sobre ideales corporales: cuestionar la idea de que existe un único cuerpo “correcto” puede reducir la presión que muchas personas migrantes sienten al compararse con estándares nuevos (Song et al., 2023).
- Facilitar información accesible: contar con recursos sobre salud mental y alimentación en diferentes idiomas puede disminuir barreras y favorecer la búsqueda temprana de ayuda (Alegría et al., 2022).
Pautas para manejar la relación con la comida en contextos migratorios
La migración no tiene por qué convertirse en un factor de riesgo, pero sí puede hacer más visible una vulnerabilidad previa. La evidencia reciente no propone “evitar” la adaptación cultural, sino acompañarla de forma consciente y con apoyos adecuados (Alegría et al., 2017; Henning et al., 2025). Algunas recomendaciones son:
- Regular la autoexigencia: adaptarse lleva tiempo. No es necesario “encajar” de inmediato en todas las normas del nuevo entorno, tampoco en las relacionadas con el cuerpo o la alimentación. Reducir la presión por cumplir con expectativas externas puede disminuir el malestar.
- Mantener rituales propios: conservar platos, horarios o costumbres alimentarias de la cultura de origen puede ofrecer sensación de continuidad y pertenencia. La integración no implica renunciar a lo anterior, sino combinarlo de forma flexible (Quiñones et al., 2022).
- Hablar del conflicto cultural: poner palabras a la sensación de estar “entre dos mundos” ayuda a que el malestar no se exprese únicamente a través del cuerpo o la comida. Compartir estas experiencias con personas de confianza puede aliviar la carga emocional.
- Cuestionar los ideales corporales dominantes: recordar que los estándares físicos cambian según la cultura y la época puede ayudar a relativizar la presión por ajustarse a un único modelo.
- Buscar apoyo en el propio idioma cuando sea posible: expresar emociones complejas en la lengua materna suele facilitar la comprensión y la conexión terapéutica.
- Atender a señales de alerta: cambios bruscos en la alimentación, miedo intenso a ganar peso, culpa constante al comer o aislamiento social son señales que merecen atención. Detectarlas a tiempo favorece una intervención más temprana y eficaz.
En definitiva, “comer en otro idioma” puede implicar momentos de confusión, pero también oportunidades para construir una identidad más amplia y flexible. Con apoyo, espacios seguros y una mirada compasiva hacia el propio proceso migratorio, la relación con la comida puede convertirse en un puente entre culturas en lugar de un campo de batalla interno.
Referencias:
- Alegría, M., Álvarez, K., & DiMarzio, K. (2017). Immigration and Mental Health. Current epidemiology reports, 4(2), 145–155. https://doi.org/10.1007/s40471-017-0111-2
- Henning, T., Parton, D. M., Perez, M., Pham, A., Haynos, A. F., & Mazzeo, S. E. (2025). Acculturative stress, body image ideals, body dissatisfaction, and eating pathology among Black, Asian, and Latina women. Eating behaviors, 57, 101992. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2025.101992
- Kalantzis, M. A., Chung Xiann Lim, S., Dauber, A. K., Studer-Perez, E. I., Silverman, Z. J., & O’Brien, W. H. (2023). Acculturative stress and eating disorder psychopathology: A meta-analysis. Eating behaviors, 48, 101694. https://doi.org/10.1016/j.eatbeh.2022.101694
- Song, S., Stern, C. M., Deitsch, T., & Sala, M. (2023). Acculturation and eating disorders: a systematic review. Eating and weight disorders : EWD, 28(1), 39. https://doi.org/10.1007/s40519-023-01563-2
- Quiñones, I. C., Herbozo, S., & Haedt-Matt, A. A. (2022). Body dissatisfaction among ethnic subgroups of Latin women: An examination of acculturative stress and ethnic identity. Body image, 41, 272–283. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2022.03.006